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Clientes

Todos los días llegan al mercado productos nuevos. Aportan soluciones, posibilidades, y también comodidades en todas las dimensiones de la vida. Además ahora se pueden comprar a distancia, todo tan facilitado por la eficacia de los repartidores en sus furgonetas. Más productos, más promesas, y más accesibles; todos a comprar… Queremos ser más o menos conscientes, pero todos tenemos cada vez más cosas, y estamos cada vez más rodeados de todas ellas. Productos, objetos, en los que se proyecta una cierta imagen de lo que querríamos ser. Cuando nos paramos a mirar, parece que estén a punto de formar un coro de vocecitas dispuesto a cantar nuestro nombre entre aplausos. Compras, porque somos consumidores. Tantas compras, que secretamente van dejando un poso en el alma que poco a poco nos está transformando: cada vez más nos concebimos a nosotros mismos como clientes, sobre todo, como clientes. Fuimos personas, después los políticos nos dijeron que no, que éramos ciudadanos, y ahora nos han convencido de que somos clientes.

El cliente tiene la razón. El cliente, tiene que ser satisfecho. Además, como en la película de Julia Roberts, al cliente hay que hacerle la pelota. Los de Mercadona -y el éxito les avala- lo tienen clarísimo: el cliente es “el jefe”, y así nos llaman, jefes… ¿Quién no querría ser siempre cliente, siempre entretenido, siempre puesto en el centro, siempre obedecido? ¿Acaso compensa volver a ser sólo humanos, humanos sin tunear, sin figurantes que nos bailen alrededor? Impresiona escuchar el Evangelio de la Misa de hoy, porque a uno que es cliente no se le diría jamás lo que Jesús nos dice a nosotros: si no os convertís, todos pereceréis… Como Él lo dice dos veces seguidas en las pocas frases del Evangelio de Lucas, lo repito yo también: si no os convertís, todos pereceréis.

No somos clientes. Ni nuestra posición es la de uno que ha sido invitado a un negocio, a una especie de partida entre iguales. No somos clientes porque no traemos nada que sea sólo nuestro a la mesa de la relación con Dios. Porque todo lo nuestro es siempre antes sólo suyo. Dios no nos debe nada… Por eso no podemos esperar en la butaca de la vida a ser convencidos, como espectadores que se atreven también a ser jueces. No podemos esperar a que todo sea analgésico, amable, dulzón, en función de nuestras pequeñeces. O la conversión o la muerte, dice Jesús. O la vida, o nos remontamos hasta la fuente de la vida, hasta la verdad de la vida… O nos arriesgamos al sacrificio de ser lo que somos sin complejos, de vivir como mendigos a su puerta, o la muerte. De hecho, cuando no nos atiborramos de nosotros mismos, el corazón nos lo dice: somos mendigos, mendigos que el amor de un Padre nos ha hecho hijos. O hijos o clientes; no hay punto posible de comparación. El hijo puede ser contrariado, corregido, exigido, porque un Padre le promete una vida.



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