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Dos texturas

Para mostrar en sus obras lo que llevaba dentro, cómo él entendía la iniciativa de Dios, Caravaggio le hizo trampas al tiempo en sus dibujos. Le regaló esa misteriosa grieta a su realismo, que más que perderse, consolidaba así su drama. Porque cuando su pincel tocaba el lienzo, inventaba un punto imposible donde se encontraban momentos distintos y alejados de la historia. Al trazar así, el pintor eliminaba la distancia que los separaba, mezclando sin complejos épocas bien distintas – dos tiempos en uno solo: el de Cristo, y el suyo.

En las salas de la National Gallery de Dublín cuelga un cuadro impresionante donde Caravaggio retrató el momento en el que Judas alcanzó a Jesús para besarlo y traicionarlo. También ahí dos tiempos, dos historias en una, para que el espectador pueda maravillarse porque el día de Cristo y el nuestro se tocan en el ahora de quien mira. En este cuadro del huerto, además, el pintor aprovecha para combinar dos texturas distintas, dos elementos distintos que se encuentran en el secreto de esa noche, ayudándonos a contemplar lo que sucedió bajo los olivos. Se citaron dos, la carne blanda y clara del maestro, y el metal duro y oscuro de las armaduras de lo soldados que lo apresaron.

A las afueras de la ciudad, asediado por la negrura, a Jesús le cayó encima el metal frío y fuerte del soldado, con toda su amenaza. Él ofreció a cambio su carne indefensa y gratuita. Se encontraron la pretensión de poder del hombre y la debilidad de Dios. Porque al capricho violento de soldados y judíos, respondió Jesús entregándose en silencio, obediente al amor del Padre impaciente por recuperar a sus hijos los hombres. Carne y metal, el hombre y Dios viviendo en mundos distintos – quizá fue justo eso lo que Judas no soportaba ya, harto de que Jesús malgastara todo su poder abrazando leprosos, cojos, o prostitutas. Al traidor le escandalizó la aparente debilidad de Dios, su paciencia y bondad. No pudo con su discreción y con su gusto por lo pequeño. El brillo reluciente de las armaduras le acabó confundiendo, haciéndole pensar que sólo es verdadero lo que es grande y tiránico; Dios que se entregaba a cambio de nada – ¡ya basta!

Como Jesús en el huerto, o el pueblo de Israel en el desierto, parece que los cristianos caminamos siempre rodeados de amenazas. Y el Señor responde ahora igual que hizo en la noche de su pasión, ofreciéndonos la carne pálida de la Eucaristía. La fuerza del mundo, toda la fuerza del mundo, desafiada con este trozo de pan. Desafía también nuestros cálculos, porque Judas se fue directo a la muerte, y Jesús hacia el triunfo de la resurrección. Empezamos la Semana Santa, pidamos al Señor que nos conceda silencio interior para contemplar su victoria, y sorprender así la fuerza amable y transformadora de su carne entregada por nosotros.



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