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Luz

La muerte de Jesús encogió a los apóstoles. Se encontraron inmediatamente devueltos a la vida tal y como era antes, ahora además con el corazón sometido al peso de la amenaza: también ellos podían ser condenados a la cruz del rabino. Estaban quietos, agarrotados, atravesados por una parálisis desconocida, y escondidos en el cenáculo. Había en la sala un murmullo de fondo, incapaz, porque ninguno se atrevía a decir nada. Se escrutaban, haciendo saltar nerviosa la mirada de uno a otro a medida que el tiempo iba descubriendo en todos el mismo miedo. Las mujeres habían dicho… Y María repetía serena que Jesús aseguró que resucitaría al tercer día. La miraban también a ella, pero sin saber, sin recibir ni su palabra ni su gesto cariñoso.

Cristo resucitado les fue a buscar, uno a uno. A la Magdalena, a los dos que iban de camino a Emaús, a todos los del cenáculo. A Tomás también, porque no estaba con el resto del grupo cuando se les apareció por primera vez. Uno a uno. Para que le pudiesen tocar, para que pudieran verle comer y escuchar de nuevo su voz. Para que le supieran Señor del tiempo y de sus vidas. Para que les alcanzase su aliento, y la vida nueva. Para que naciese la fe… Al hacerse presente entre ellos Jesús se les ofrecía como piedra angular, como la fuente y el fundamento estable donde hacer descansar para siempre la existencia. Él -su dominio- era ahora el vértice desde donde iniciar el nuevo camino de la vida.

La resurrección de Jesús, y su presencia real entre nosotros, es la condición para la fe. Jesús mismo es la gracia que hace que podamos vivir la vida de los hombres con la forma y el sabor que la fe proporciona. Gracias a la presencia de Cristo podemos hacer memoria de la verdad de las cosas y afirmar la realidad entera partiendo desde su auténtico origen. La victoria de Jesús sobre la muerte nos permite asomarnos con verdad al sentido de todo. Y por la libertad que brota en el corazón del hombre al reconocerle resucitado, podemos relacionarnos con la realidad ya no en función de nuestro pequeño designio, sino en función de la verdad que resiste para siempre.

Nada es nuestro, pero todo es don; es un hecho estupendo. En efecto, en la relación con la realidad vibra una evidente desproporción entre aquello de lo que somos realmente capaces y aquello que la realidad nos ofrece como regalo. ¿Podríamos vivir sólo de lo que generamos y mantenemos con nuestras fuerzas? ¿Sería suficientemente interesante una vida en la que la única novedad -la única sorpresa- fuese la que nosotros consiguiéramos? Decía Péguy que el corazón del hombre es el lugar más profundo del mundo. Porque es donde la realidad informa a la consciencia, y donde la consciencia se torna pregunta: ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿Qué son esta belleza y este bien que nos atraen?

Cristo vino para ser la luz con la que conocer la realidad desde la verdad. Nos dijo que el mundo existe para que podamos entrar en el mismo misterio de Dios, y para que podamos acoger el amor con el que Él nos quiere. Jesús resucitado se hizo presente para que nuestra inteligencia de la cosas pudiese vivir de la verdad de todas ellas. Y le mataron por eso. Porque pensaron que tener que compartir con Dios la realidad era una desventaja. Pensaron que en esa vida a medias con Él salíamos perdiendo. La fe es el regalo que nos permite volver al origen de todo para descubrir que la vida es un don, para poder vivirla así, disfrutando de la gratuidad que todo nos anuncia.



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