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Relación

El diálogo entre Jesús y el demonio en el desierto me hizo pensar en la diferencia que hay entre lo que significan las palabras “contacto” y “relación”. Quizá es cosa de matices, de finuras, pero son dos palabras acuñadas para describir cosas distintas. En el viejo diccionario que tengo en casa, contacto dice de cosas que se tocan, dándose entre ellas alguna comunicación. Relación, en cambio, habla de una cierta unidad entre las cosas, de cosas que no sólo se encuentran sino que permanecen vinculadas, de algún modo reunidas la una en la otra hasta el punto de condicionar la definición de ambas, ahora mutuamente dependientes.

El Evangelio de la Misa de hoy muestra que el demonio sabe perfectamente quién es Jesús. Lo conoce y se acerca. Se dirige a Él, le habla, y le tienta ofreciéndole la recompensa de su propio poder. Es decir, entran en contacto, movido el demonio por su envenenado interés, pero sin que haya en él ni un poco de apertura a una amistad o al reconocimiento sincero de quién es Jesús.

Encasillarlo todo en categorías muy definidas puede estrangular un poco las cosas, pero también nos puede ayudar a entender modos en los que vivimos dimensiones importantísimas de nuestras vidas. Da la impresión de que hoy vivimos todo un poco así, sin ir más allá de un mero contacto, con las cosas, con los demás, e incluso con Dios. Algún interés, o nuestra necesidad, nos obligan a tener que interactuar, al pago de ese peaje, pero sin que se den verdaderos vínculos, un poco alérgicos todos al peso de la humanidad del otro, del ser del otro, del drama que ahí aguarda. Podemos reconocer que vivimos todos un poco contenidos, en guardia, como armados.

Contactamos, pero esquivando el vínculo de una relación. Sin amistades victoriosas en la batalla del paso del tiempo. Dios sí, también, lo admitimos, pero a modo nuestro. Sin que llegue a instalarse en lo que somos, cada uno en su casa… ¿Qué nos ha pasado? Sin duda, todos sufrimos el peso de capas y más capas de la cultura dominante, de la moda ideológica, que nos ha ido cerrando los ojos. Tanto, que al despertar por las mañanas, antes de mirar, ya lo hemos apostado todo por nuestra propia voluntad. Como si nuestro programa personal fuese el único camino posible para una vida buena. Jesús no vivió así. El Evangelio muestra cómo miraba, cómo escuchaba, cómo acogía al desconocido, cómo aprendía, cómo se maravillaba, y cómo se dejaba hacer por la iniciativa del Padre. Vivió respondiendo, sin miedo a pertenecer a Otro, sin miedo a pertenecer a sus amigos, sin temor a ser acusado de ser-con o ser-para… Con Dios, con los amigos, hasta con los desconocidos. Y para todos.

Si el Señor nos invita en la Cuaresma a la conversión es porque hay una gracia con la que nos quiere bendecir. Una gracia, y por tanto una promesa, un compromiso por su parte. Le podemos pedir a la Virgen que nos ayude a vivir respondiendo, abiertos a una relación con Él y con los demás, y no gastando todas nuestras energías en el logro de unos pocos objetivos, por buenos que sean.



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