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Turquía y Siria

El terremoto en Turquía y Siria ha sido devastador. Desborda nuestras posibles medidas, y pide ahora un esfuerzo humano monumental. Se nos queda grande. Somos incapaces de calibrar el dolor en todos esos miles de corazones, porque se nos queda grande… Ese tendría que ser nuestro primer paso, reconocer que la realidad es más grande que nosotros. De hecho, algo así nos devuelve a la posición en la que nacimos, a la posición olvidada en la que Dios nos trajo al mundo. La realidad asombra y pide una atención que no siempre le ofrecemos. No podemos vivir partiendo sólo de nosotros mismos, de nuestra pretensión o de nuestro proyecto, porque el terremoto, el covid, o el cáncer de mi hermana, dicen que no somos dioses. Con frecuencia abandonamos la verdad: la vida es entera y siempre un don, algo recibido, que lleva estampada la firma de otro autor.

Me paso el día pinchando la pantalla del móvil, en el portal de turno, porque no quiero dejar de pensar en ellos. Quiero pensar, al menos intentarlo, para que la emoción no me ocupe del todo. Nos podría pasar, nos podría suceder que la noticia acabase bastando, que bastara en una especie de regodeo verbal, como si lo único en juego fuese eso, la impresión, un horror momentáneo, algo atrapado para siempre en una especie de código compartido. ¿Has visto tú también? Hay que ver qué espanto… Podrían ser palabras encogidas, traidoras, que llegan solas, palabras en vez de la realidad, pero que no dicen nada de nada. No vale sólo turbarse: esto pide algo más, una conversación más honda, un cara a cara con Dios. Al menos una pregunta y un silencio, y una vida que cambia.

Dios es más grande que nosotros. De hecho, cuando la Iglesia habla de verdad acaba diciendo misterio. Aunque también dice que Él es amor, que nos busca y que para encontrarnos nos deja en prenda en el alma un deseo de infinito incansable. Sabemos que hace dos mil años que nos busca desde la cruz. Jesús nos buscó en la noche, en la soledad, en el latigazo injusto y en el rojo de su sangre. Vino desde el Cielo para esperarnos paciente en nuestra muerte. Para vencer con nosotros donde no podíamos solos. La Iglesia canta al misterio, sí. Canta con fe, y con ella estoy convencido de que en esa muerte horrenda de escombros y desecho, en esa muerte de sangre inesperada, Cristo esperaba a sus hermanos los hombres. A los turcos y a los sirios.

Cristo, como espera a las prostitutas en el abrazo de las monjas amigas de Valencia, o en la vida de unos curas de pueblo que acogen drogadictos, o en los esposos vecinos que adoptan niños down uno detrás de otro. Jesús aprendió seguro de María, su madre. Ella esperó paciente a los pies de la cruz. Esperó cuando parecía que Dios se había envuelto en silencio para siempre. Ella se quedó cerca, a la espera del amanecer. Porque Dios no queda mudo, sino que entra en el silencio para plantar su palabra creadora, para vencer al vacío, al desamor, para siempre. Este miércoles pregunté a una amiga sobre el terremoto: me dijo que si queremos ver qué hace Dios estos días, habrá que estarle cerca. Ahí ando. Y tiene sentido, porque es real el horror. Pero también es real nuestro deseo de infinito, que el temblor no ha derrumbado. Y es real la belleza.



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