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Sobredosis

Vivimos tiempos de algunas sobredosis. Al menos, tiempos de grandes atracones. Y estoy convencido de que somos conscientes de ello. Lo sabemos, pero son cosas que parece que no matan, y entonces las aceptamos – el tiempo dirá. Hablamos de ello, a veces incluso con seriedad, sobre todo porque los hijos y los pequeños recorrerán esos mismos caminos. Pero cuando valoramos los pasos que habría que dar y las decisiones que habría que tomar para recuperar algo de cordura, nos parece que el esfuerzo no compensa. Atracones de series, y de datos e información sobre los demás que no sirven para nada. Aluviones de imágenes, muchas veces muy penosas y denigrantes. Y sobredosis de nada, de tantas cosas que son nada y que acaban aplastando el tejido del alma.

Entre otras, hay una consecuencia innegable: lo que somos, se va endureciendo por dentro. Y nos cuesta descubrir las cosas, estar atentos, sorprender su verdad y conveniencia, porque nuestra capacidad de asombro ha quedado embotada. Eso nos aísla. Como si nos alejara de todo, menos capaces de reconocer lo que hay. Entonces las prisas, porque necesitamos que nos entretengan y que nos ahorren ese tiempo a solas con nosotros mismos. No sólo, necesitamos que nos entretengan y que también nos emocionen, para volver a sentir algo, para estar vivos de nuevo, porque echamos de menos nuestra antigua vibración interior.

Hemos de ser conscientes: algo de eso nos pasa a todos… Y nos ponemos delante de Jesús, delante de su Palabra, o delante de la Eucaristía, y nos dice poco. Poco, pero no porque allí haya poco, sino porque lo que hay lo hemos dejado de ver. Jesús no ha encogido; tampoco el don ni la promesa. Jesús se entrega entero, se dona sin reserva. Somos nosotros, que tenemos los canales de acceso a la realidad, a la verdad, obturados, un poco impedidos. Como si el aburrimiento consiguiera asfixiar en las arterias del alma la gracia de Dios que nos llega.

Me dejáis decirlo así: la presencia de Jesús en el sacramento de la Eucaristía no es para entretenernos, ni para estimularnos, ni para emocionarnos. Hemos de pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a valorar la Misa no por su espectáculo, sino por el don que es: tomad y comed – tomad y bebed. Los sacerdotes harán lo que puedan, pero sólo lo que puedan. Porque el Señor no les llamó a ser malabaristas, ni bailarines, ni cantantes, sino a rezar por su pueblo y a repetir en su nombre las palabras de la última cena. Este es el negocio de la vida: que no basta con un solo corazón para vivirla. Se lo dijo el ángel a Elías, como escuchamos hoy en la primera lectura de la Misa: Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas… Pidamos reconocer la verdad, lo que la Eucaristía dice de nuestro Dios, de este Dios que se dona, y lo que la Eucaristía dice de nosotros, que sólo un amor divino nos sería suficiente.



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